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EDITORIAL 27 / Primera edición en Alemania

“La Revuelta Chilena”

Chile: hasta que valga la pena vivir

Por Nathaly Jones, comunicadora, directora Revista Mala @la_nathaly_jones

Hasta el 18 de octubre de 2019 (18-O) los políticos y empresarios chilenos mostraban a nuestro país al mundo como un oasis dentro de América Latina. Decían que los últimos 30 años habían sido los mejores de la República, donde se logró estabilidad social, se disminuyó la pobreza, se fortaleció la economía, se mejoró la infraestructura vial con modernas autopistas, y donde el acceso a la universidad se democratizó totalmente. Todo esto gracias al modelo neoliberal instaurado en la dictadura de Augusto Pinochet y profundizado por los gobiernos de la socialdemocracia. Pero lo que no decían, era que este modelo nos arrebató nuestros derechos básicos transformándolos en bienes de consumo, que la elite política se puso al servicio de la clase empresarial, que los trabajadores perdimos todos los derechos laborales, que los salarios no alcanzaron para vivir, que para educarnos nos endeudamos de por vida, y que el acceso a la salud aun para las enfermedades más básicas, se volvió una mercancía inaccesible para muchos.

Entonces los chilenos nos acostumbramos a la frustración, a privarnos de cosas básicas, a vivir endeudados, a ser morosos, a convivir con las amenazas de embargo. Nos acostumbramos a trabajar a jornada completa, sin beneficios sociales, sin estabilidad laboral, y sin un sueldo suficiente para vivir. Nos acostumbramos a endeudarnos para comer, para sobrevivir. Mientras una pequeña clase empresarial se volvió multimillonaria liderando rankings mundiales de acumulación de riqueza, los chilenos nos empobrecimos completamente. La delincuencia se apoderó de la sociedad, y el miedo y la violencia se tomaron nuestras vidas. Nos acostumbramos a un sistema judicial injusto, al servicio de los poderosos, que castiga sólo al pobre y que no ofrece ninguna posibilidad de reinserción social. Y a un modelo político y económico donde la constante es la corrupción, el tráfico de influencias y el financiamiento ilegal de los partidos políticos por parte de los empresarios.

Foto: Susana Hidalgo @su_hidalgo

En octubre del 2019 el pueblo simplemente dijo basta. Los estudiantes evadieron el pago del metro y se enfrentaron a la represión, cara a cara, contagiando a todo un país que ya no tenía nada, ni siquiera miedo. Rápidamente las barricadas se extendieron por todo Chile, y las protestas se tornaron contra el modelo neoliberal responsable de nuestra precariedad. El presidente Piñera declaró la guerra a los chilenos y sacó a los militares, pero nada impidió que la gente siguiera saliendo a las calles aun con más rabia. El saldo han sido miles de víctimas de violaciones sistemáticas a los derechos humanos.

Durante el 2020, a pesar de la crisis sanitaria provocada por el COVID-19, la revuelta chilena perdura y la ciudadanía se mantiene movilizada. El 25 de octubre pasado se desarrolló un plebiscito con una altísima participación, en donde casi el 80% votó por el “apruebo”, esto es, redactar una nueva constitución política que reemplace la de Pinochet. Sin embargo, el terrorismo de Estado continúa, y el COVID -19 ha terminado de desnudar la brutalidad del modelo. Los chilenos hemos debido enfrentar la crisis sanitaria, el engaño y la indolencia de parte de las autoridades, pero por sobre todo la pobreza, al quedar millones de chilenos sin sus principales fuentes de ingreso.  

Son tantas las injusticias y los motivos de esta revuelta que no caben en esta editorial. Por esto, la consigna central desde el 18 -O que espontáneamente levantamos los chilenos fue “hasta que valga la pena vivir”, una desgarradora frase que sincera la dureza de vivir en un país donde simplemente vivir, ya no valía la pena. 

18 de enero 2021