Un fantasma recorre Europa: El fantasma de Karl Marx

Un fantasma recorre Europa: El fantasma de Karl Marx

Un fantasma recorre Europa: El fantasma de Karl Marx

Por Radwen Dridi

Hace más de una década que lo vienen anunciando. El barbudo está de regreso. Lo vieron por varios lados, en las escaleras de una universidad británica, en una “Nuit
Debout” en París, o en la “Puerta del Sol” en Madrid. Los periódicos de las potencias imperialistas, particularmente los anglosajones, lo convirtieron en un tema recurrente. “El Capital” volvió a ocupar su lugar sobre las mesitas de noche y “Der Grundrisse” (hay que decirlo en alemán para parecer de moda) se imprime finalmente y se vende.

Es cierto, las cifras de ventas de libros de Marx siguen batiendo récords. Es cierto, el filósofo es citado a diestra y siniestra en los debates políticos y económicos. Es cierto,  Corbyn o Varoufakis lo evocan e invocan. Pero no pasa de eso. Marx es citado. Marx es publicado. Marx es leído. Pero sin grandes consecuencias.

Tras la crisis económica de 2008, las potencias imperialistas se vieron afectadas por una crisis política. El capitalismo está consternado. Perdido. Se busca y quiere encontrarse en sus números y en sus teorías.

La democracia del capital tiembla en cada elección. La tectónica de clases está en pleno movimiento. El pueblo, al que invitan una vez cada cuatro años a hacer la cola y a poner un papelito en la urna con el nombre de su próximo maestro, hace diez años que ya no vota según lo que le ordenan votar. El vota por el otro. ¡Ah! Pero él no está feliz. El pueblo. De hecho nadie está feliz. Él vota Brexit… Él vota Trump… O, como en Francia, ni siquiera se toma la molestia de ir a votar…

Él vota todo y cualquier cosa, desde la falsa izquierda hasta la verdadera derecha, pasando por los antis y los contras… Él vota cualquier cosa menos por Marx. Ninguna fuerza que se reivindique abiertamente marxista llegará a convencer suficientemente las masas para ganar su confianza. De hecho cada vez menos fuerzas se dicen abiertamente marxistas. Ni siquiera los Partidos Comunistas.

La misma afirmación vale con las movilizaciones sociales. Se ve de todo. Se escucha de todo. Se habla de todo. Especismo, identidad de género, Charlie Hebdo, fotovoltaico y eólico. Todo tiene derecho de cita allí, excepto la hoz y el martillo. Ellos no se mueven. Y si son alzados, lo son por los mismos de siempre. El eterno problema de ir más allá de los ya devotos a la causa, sigue tal cual.

Marx es leído pero sin consecuencias

¿Cómo explicar esta contradicción? Entonces, ¿Cuál Marx se lee? Y ¿quiénes? Pero primero, ¿Está realmente de regreso el filósofo alemán?

Comparando el aura de Marx con la década de 1990 y principios de 2000, seguramente que se han producido avances. Pero ¿no sería injusto comparar el lugar de Marx en el mundo con, probablemente, el peor momento para sus ideas o por lo menos para aquellos que las reivindican? Fue el momento histórico de la caída del mayor experimento socialista de la historia, más allá del balance que saquemos. Fue el momento histórico de la restauración del capitalismo, del abandono de las luchas y de la traición de la izquierda. Comparar con este período de tiempo es tomar un paréntesis desgraciado como referencia y olvidarse de otros momentos del pasado. Olvidar que un par de años antes, en el nombre de Marx se inauguraban, en Alemania del Este, las grandes avenidas en comitivas extravagantes. Olvidar que había un momento en que el estudiante cubano leía en voz alta a Marx frente a una audiencia de campesinos y trabajadores. Olvidar la época en que Marx era una materia obligatoria en los colegios yugoslavos. O cuando en las profundidades de la selva africana o latinoamericana, grupos de hombres armados se ocultaban de los bombarderos para leer “El manifiesto del Partido Comunista”.

Marx es leído más que después de la caída del muro de Berlín y del colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, sin duda. Pero la historia no comenzó con el fin de las grandes experiencias del socialismo. Y si el Manifiesto Comunista fue el segundo libro más vendido en la historia, no es debido al éxito que conoció después de la crisis de 2008.

Y luego está la cuestión de la clase. ¿Quién lee a Marx? En los testimonios de libreros recogidos por los diarios, sobre el supuesto entusiasmo por los libros del genio alemán, ninguno mencionó la figura de un trabajador de los astilleros de El Havre o de las fábricas de automóviles en Colonia. Se trata siempre, según libreros, del estudiante de ciencias políticas, del profesor de la universidad, o del eterno activista de izquierda ya convencido. El pequeño burgués en resumen. La pequeña burguesía que, en ausencia de una revolución inminente, ama acariciar al diablo y dominar a la bestia. Marx siempre atrajo a la pequeña burguesía y salvo pocas excepciones -sin embargo contundentes- la pequeña burguesía siempre lo traicionó. Esta clase de transición, correa de transmisión de la dominación del capital y administradora del negocio de explotación del proletariado, ahora se siente amenazada de desclasificación a causa de la crisis capitalista de 2008. Frente a esta crisis en la crisis, la pequeña burguesía de los países industrializados está en la búsqueda de una solución. Una representación que le entregue un papel más importante y que lo proteja de caer en los bajos fondos junto al proletariado y al campesinado, a quienes les teme tanto como les desprecia. Marx y Engels describen así la clase media, en el Manifiesto Comunista:

Las clases medias, pequeños fabricantes, tenderos, artesanos, campesinos, combaten a la burguesía porque es una amenaza para su existencia como clases medias. No son, pues, revolucionarias, sino conservadoras; en todo caso son reaccionarias: piden que la Historia retroceda. Si se agitan revolucionariamente es por temor a caer en el proletariado; defienden entonces sus intereses futuros y no sus intereses actuales; abandonan su
propio punto de vista para colocarse en el del proletariado
“.

Todo está dicho. En sus intentos, y atrapada por su angustia, la pequeña burguesía descubre, entre otros, a Marx. Sí, pero ¿cuál Marx? Su propio Marx, sin revolución ni lucha de clases. Un Marx con la propiedad privada y la socialdemocracia. La pequeña burguesía recurre a Marx. Lo lee, porque en primer lugar tiene el tiempo para leer y la capacidad intelectual para entender, y luego lo interpreta de acuerdo a sus intereses, miedos y ambiciones de clase. Al acapararlo lo pervierte. Lo escribe de nuevo. Se hace el exégeta del texto marxista. Lo mastica y termina eliminando de sus escritos cualquier cosa que le obstaculice. La pequeña burguesía se está convirtiendo en el clero del texto sagrado. Ella no lo entrega en su totalidad para no perder su fondo de comercio.

Si los experimentos estalinistas han tratado de despojar el pensamiento de Marx y reducirlo a un ídolo religioso del catecismo de las doxas oficiales y obligatorias del pensamiento único. Los partidos reformistas y socialdemócratas, que la pequeña burguesía invade en grandes cantidades desde la crisis de 2008, especialmente en Europa, hoy desposeen a Marx de su revolución y de su filosofía y lo convierten en un simple analista económico anti-financiero a favor de un retorno a un Estado organizador del mercado y de la mercancía. Finalmente Marx está contratado como columnista y analista económico, comentarista en el Guardian o Liberación.

Marx sin Marx

Estos partidos de la izquierda del capital instrumentalizan a Marx para ajustar sus cuentas con Wall Street. El enemigo es la bolsa, y sólo la bolsa. Ellos alzan la bandera del capitalismo de la fábrica frente al mercado de valores, como una forma de progreso. Lo que atrae a la pequeña burguesía angustiada por las finanzas, es un papel más importante en la administración de sus intereses. Por esto, al confundir el capitalismo con el capitalismo financiero, el anticapitalismo toma un significado totalmente distinto. Ellos le quitan Marx a Marx, se burlan del Marx filósofo y demonizan el Marx revolucionario, redactor de la Primera Internacional de los trabajadores y distribuidor de folletos. Le obligan a hacer muerto lo que él no aceptó vivo: trabajar como simple consultor económico para el proyecto de reforma del capital en crisis. Comprar Marx para que él ayude al capital moribundo a recuperarse y asegurarse un par de décadas más de dominación. Esto requiere dos cosas: primero, purgar a Marx de su revolución; y segundo, negar esa arma a las clases dominadas. Marx desprovisto de la lucha de clases y de la abolición de la propiedad sirve para atacar el capitalismo financiero en favor del capitalismo industrial, y así restaurar el papel del Estado como organizador general del capitalismo.

El Marx de Piketty

El Marx citado por Corbyn o Iglesias es un Marx del análisis, pero no de la solución. Un Marx de la denuncia. Un Marx sin barricadas ni organización laboral. Un Marx sin el polvo ni el folleto. Un Marx espectador pasivo del mundo. Y es un fracaso, otro fracaso para Marx, quien se dio como tarea la transformación del mundo cuando dijo que “Los filósofos sólo han interpretado el mundo de diversas maneras, pero lo que importa es transformarlo“.

La encarnación de este reformismo pequeño burgués es el best seller del economista Thomas Piketty. El libro de Piketty se llama “El capital en el siglo XXI”, en referencia al “Capital” de Marx. Eso no quita que el Financial Times, gran institución capitalista, lo consagró como el mejor libro económico del año 2014. El libro es un plan integral de soluciones fiscales para salvar al capital. Pero el autor de este libro, y de cara al filósofo marxista Alain Badiou, reconoció que no leyó lo suficientemente a Marx y que lo consideraba como “economista” del siglo XIX tan superado como el comunismo. Lo que hizo que Badiou le recordara que el título de la obra de Marx “Crítica de la economía política” es revelador de la posición crítica de Marx hacia este concepto de economía pura. Precisamente, se entiende claramente que el título del libro de Piketty no se refiere a Marx con la intención de tributo, sino de marketing. El capitalismo tiene esta capacidad de convertir todo en mercancía, el hombre, la vida, los órganos, el oxígeno y -por qué no- Marx. Pero para eso se necesita despojar a Marx de Marx. Para deificar a Marx y convertirlo en una mercancía se debe primero destruir a Marx, invertirlo, revertirlo.

El reformismo del capital ha olvidado que Marx es ante todo un filósofo. Este reformismo no para de reducir a Marx a su época, para encontrarle circunstancias atenuantes a su pensamiento. Piketty dijo en el encuentro con Badiou que hay que tener en cuenta que el paisaje capitalista del tiempo de Marx era responsable de su análisis erróneo de este mismo sistema. Según el economista, Marx era anticapitalista “porque escribió desde la perspectiva de una situación social marcada por el enorme estancamiento de los salarios e incluso la regresión, en algunos casos, de los salarios de los obreros, mientras que las ganancias explotaron y necesariamente esto tuvo un impacto sobre sus análisis“. Marx no es más, según Piketty, un filósofo y se convirtió en un simple testigo indignado de una época horrible. Hay que entenderlo y excusarlo, pobrecito. Pero sobre todo corregirlo.

La crítica de la economía política

Cabe recordar que Marx ya respondió a esta idea de un capitalismo aliviado de su violencia a través de trucos fiscales de magia en “Miseria de la filosofía.” También hay que decir que la crítica del capitalismo de Marx no es la crítica de un momento del capitalismo o de un mal funcionamiento del capitalismo en su desarrollo en el siglo XIX. La crítica de Marx es una crítica radical del capitalismo como despliegue económico y político de la mercancía. Marx nos explica la imposibilidad de controlar el capitalismo. Es la mercancía que controla el hombre y lo aliena y no al revés. La mercancía ratifica, según Marx, las relaciones sociales y personaliza las cosas. La mercancía arranca al hombre de su ser imponiendo el “tener”. Para Marx, el capitalismo es sólo la culminación de la dominación de la mercancía. Sin embargo, esta dominación ya está en germen desde la revolución neolítica. La mercancía comienza su camino hacia la servidumbre humana en el primer objeto intercambiado de la historia. Es la mercancía la que ha impuesto al hombre la propiedad privada (el almacenamiento de los excedentes de mercancías), el Estado (aparato organizativo de la sociedad a través de la violencia en beneficio de la mercancía), el dinero (herramienta de intercambio de la mercancía), la clase social (división de la comunidad en función de la posición de sus miembros frente a la mercancía), y la política (organización de la vida humana alrededor de la mercancía). Es la mercancía quien enseñó a los hombres a contar para estar bajo su orden.

La mercancía ha impuesto al hombre una organización general de su vida en torno a sí misma, su producción, su intercambio, su almacenamiento y su gestión. La mercancía ha condenado al hombre a un sistema a través del cual subyuga su humanidad a ésta. Este sistema es la economía política. Esto es lo que explica que el proyecto radical de Marx se intitula “Crítica de la economía política”.

¡Abajo la política! ¡Abajo la economía! ¡Abajo la mercancía!

La comunidad Sioux no cuenta, no escribe, no hace política y no tiene Estado. Precisamente porque no produce mercancía. El capitalismo es la máxima expresión de la dominación de la mercancía. Esto no es sólo un sistema defectuoso. Al contrario, es el sistema perfecto para esclavizar el humano a la mercancía. Tratar de arreglar el capitalismo, no sólo es imposible debido a las contradicciones sistémicas inherentes a éste, pero aun suponiendo que esto fuera posible, sería entregar la humanidad para siempre a la mercancía. Marx no busca reparar el capitalismo, ¡él quiere destruirlo!

Marx nunca fue un profeta predicando en las masas. Él siempre trató de ser un organizador del proletariado y transformador del mundo. Prefería ver algunos de sus hijos morir de pobreza y de hambre que venderse a la clase capitalista.

Marx debe ser liberado de sus captores para ser instalado de vuelta en las masas. Devolverle sus palabras desaparecidas: “lucha de clases”, “revolución proletaria”, “fin del capitalismo”, “materialismo dialéctico”, “abolición de la propiedad privada” y finalmente “COMUNISMO”.

Sólo una organización revolucionaria perteneciente al proletariado, que reclame la destrucción del capitalismo, el establecimiento de una sociedad sin clases, sin Estado y sin propiedad como objetivo final de su lucha, a través la organización de la clase obrera y por medio de la revolución, podrá reivindicar a Marx y devolverlo a su vocación última, es decir, como un filósofo de la revolución y un revolucionario del comunismo.

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