Tres escenas para descifrar al último Karl Marx

Tres escenas para descifrar al último Karl Marx

Tres escenas para descifrar al último Karl Marx

Por Yoselin Fernández

 “A la humanidad le falta una cabeza,

la cabeza más brillante de nuestro tiempo”

Friedrich Engels

Pocos hombres en la historia han sido tan admirados, difamados y aborrecidos como él. Filósofo, economista, abogado, periodista, burgués y militante de la causa de los trabajadores, es imposible reducir su figura a una sola cosa. Y aunque históricamente el mito ha escondido al hombre detrás de Marx, sabemos hoy día que estuvo lejos de vivir y morir como un gran ícono mundial.

En la última etapa de su vida, ya perseguido por el Imperio Prusiano en su natal Alemania, expulsado de Francia y Bélgica e intencionalmente distanciado de su ascendencia familiar, Karl Marx se mudó a Londres junto a su esposa Jenny von Whestphalen en 1849. Durante los treinta y cuatro años que residió en la capital victoriana Marx se permitió hacer tan sólo tres cosas: tener hijos, dirigir la Primera Internacional y escribir “El Capital”.

El dolor más grande

Las campanas de la iglesia que anunciaban el Viernes Santo de 1855 azotaron como la peor de las tormentas la casa de los Marx. Poco antes de las seis de la mañana Edgard, el único hijo varón vivo de la familia, fallecía en los brazos de su padre a la edad de ocho años.

Karl junto a su esposa Jenny y sus pequeñas hijas Jennychen y Laura debía emprender rumbo a Whitefield, Tottenham, donde yacían los cuerpos de Henry “Fawkies” Marx, muerto a los tres años, y su hija Franziska, de tan sólo un año.

“Ya he tenido mi parte correspondiente de infortunio, pero hasta hoy no me he dado cuenta de lo que es la auténtica desgracia. Estoy destrozado”, confesó a su gran y único amigo Friedrich Engels luego de regresar a su casa en Dean Street, Londres. 

Es cierto que Marx de infortunios sí sabía. Durante aquel tiempo en Londres, panaderos, lecheros y prestamistas hicieron fila en su puerta esperando cobrarle; las enfermedades, los espías y las calumnias lo persiguieron siempre y la muerte se llevó a cuatro de sus seis hijos, además de su amada Jenny.

Eleonor y Laura Marx fueron las únicas descendientes vivas del matrimonio Marx. La primera se suicidó 10 años después de la muerte de su padre, tras descubrir que su esposo se había casado en secreto con otra mujer; mientras que la segunda vivió hasta los 66 años y luego también se suicidó, junto a su esposo Paul Lafargue – quien conoció a Marx en la Primera Internacional.

Según el periodista inglés y biógrafo, Francis Wheen, el principal orador en el funeral de Laura Marx fue el representante de los comunistas rusos, un tal Vladimir Ilich Lenin, quien aseguró que las ideas del padre de Laura más temprano que tarde se harían realidad. 

Burgués y proletario

“La teoría es en la actualidad la más potente práctica, y somos absolutamente incapaces de predecir hasta qué inmenso grado se hará aún más práctica”, le aconsejaba un joven Marx a su, en ese entonces, amigo Bruno Bauer, cuando trabajaba en su tesis doctoral en la Universidad de Berlín. En definitiva, Marx dedicaría su vida completa al trabajo intelectual.

Más de una vez alguien sugirió que no se imaginaba a Marx viviendo en el comunismo. “Tampoco yo”, solía contestar él. “Ese tiempo llegará, pero no viviremos para verlo”. Los cuestionamientos no eran descabellados. Pese a vivir casi exclusivamente de la bondad de Engels, Marx se las ingeniaba para mantener una vida de burgués: clases de danza y piano para sus hijas, casas grandes, criadas que ayudaran a Jenny –  lujos que, debido a su realidad material, no se podía dar.

Durante sus treinta y cuatro años en Londres Marx buscó trabajo remunerado sólo dos veces. La primera tenía relación con la venta de un producto curioso, que nunca llegó a puerto; la segunda fue un intento desesperado por trabajar de administrativo en la estación de ferrocarriles, pero lo rechazaron debido a su ilegible caligrafía.

La consagración de la Asociación Internacional de Trabajadores en 1864 – conocida como Primera Internacional – trajo de vuelta la eterna contradicción entre proletario y trabajador intelectual en torno a Marx. Pese a que se negó a participar en el Consejo General en un principio, terminó cediendo a la voluntad mayoritaria y dedicó un encomiable esfuerzo en mantener vigorosa la organización de fraternidad internacional proletaria más importante de la historia.

Punto final

Admirador y crítico de Adam Smith, Ricardo, Hegel y Feuerbach. Amante de Goethe y Shakespeare. La inquietud intelectual de Karl Marx parecía no tener límites, como tampoco su personalidad obsesiva. Luego del fracaso de la Liga Comunista de Londres en la década de los ’50 se propuso escribir en detalle “una exposición crítica del sistema de economía burguesa”.

Luego de un aparente fracaso tras la publicación del primer tomo – al que llamó “Contribución a la crítica de la economía política” – veinte años después su obra maestra al fin estaba casi terminada. Para las festividades de fin de año “El Capital” era un borrador de 1200 inentendibles páginas, esa noche de año nuevo se propuso pasar al limpio los cientos de pliegos.

El silencio de los críticos tras la publicación del primer tomo de “El Capital” lo dejó severamente preocupado. “Si los obreros tuviesen la más mínima idea de los sacrificios que fueron necesarios para terminar esta obra, escrita solo por ellos y para ellos, tal vez mostrarían mayor interés”, se lamentaba Jenny luego de la publicación en 1867.

Con un estilo característicamente irónico, plagado de ejemplos y paradojas, muchos afirman que es un error leer la obra maestra de Marx como un mero manuscrito económico. Según Wheen “El Capital” es más “un melodrama victoriano o una inmensa novela gótica, cuyos héroes están esclavizados y consumidos por el monstruo que han creado”. 

Corolario de una lucidez incomparable y producto de una vida entera de esmero y estudio, “El Capital” es hoy día muchísimo más que un libro. Y si bien la lectura no obliga, nunca está de más traer al viejo Marx de vuelta. “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo”.

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