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La tierra es de quien la vive

La tierra es de quien la vive

La tierra es de quien la vive

Sobre la demanda y eventual desalojo

que viven los habitantes de la toma El Michay y Los Helechos

Por R. Ancamilla

Conocí de la existencia del Michay a través de los amigos y amigas de Antro Libros, un humilde puesto de material escrito y artes gráficas ubicado en la comuna de El Tabo, lugar en que un grupo de personas decidieron armar este pequeño punto de difusión de ideas críticas y contenido social. Me contaron que estaban ocupando un terreno abandonado y que varias familias se habían ido instalando de a poco en el lugar para dar solución habitacional a sus vidas. Una vez más, y pese a la adversidad, un grupo de personas se organizaba para hacer florecer sueños y alegrías y para construir con sus propias manos una vida más digna.

Hoy me entero con pesar de que aquellas mujeres, hombres y niños, se encuentran enfrentados a una amenaza de desalojo además de una denuncia legal y un constante ataque mediático de los medios tradicionales de la oligarquía chilena. Sí, quieren desalojar el Michay y a las cientos de personas que pusieron su esfuerzo y sus esperanzas en el trabajo de levantar, tabla por tabla, esta nueva experiencia de resistencia territorial.

La demanda viene desde el Partido Comunista, quienes son propietarios de dicho terreno. Los motivos de interpelar a los habitantes a través de los medios legales es que, según la demanda, los invasores habrían entrado de manera violenta, rompiendo cercos y talando árboles que crecían en el predio. Sin embargo, los habitantes de esta recuperación territorial aseguran que dichas acusaciones son falsas y sería el mismo cuidador del terreno, el militante comunista don Miguel Lanas, quien les habría facilitado la entrada ya que, según su criterio, la tierra no debía desperdiciarse sino que utilizarse.

Por otra parte, la demanda del PC arguye que los habitantes jamás buscaron entablar diálogos para solucionar de manera debida el asunto de la tierra, lo cual no es para nada compartido por quienes actualmente ocupan el terreno. En ese sentido, en un comunicado emitido por la asamblea del Michay a través de redes sociales se aclara:

“Desde el momento de la ocupación hemos estado preocupados de buscar información y abrir el diálogo con los propietarios. Con este fin se eligieron voceros, quienes se comunicaron telefónicamente con Manuel Hernández por ser integrante del comité central. Él nos dijo que esperáramos respuesta y aún estábamos en eso.”

Sin embargo, la respuesta ha sido la misma que para muchas situaciones de conflicto donde gente con poder se enfrenta a gente sin recursos. La única cara que han visto en este proceso es la del hostigamiento y la criminalización mediática. “Tenemos rondas cotidianas porque hemos sufrido hostigamiento, nos cortaron la luz y los pacos pasan tomando fotografías al terreno, hay gente a la que le han hecho control de identidad. Así que está bien tensa la cosa, pero la gente está contenta y los niños siguen jugando.”, nos cuenta una de las habitantes de la toma.

Lo que buscan, en primera instancia, los actuales habitantes del terreno es que se baje la demanda contra ellos y se logre llegar a un diálogo inteligente con los dueños legales del territorio. Quieren, por sobre todas las cosas, que no se les reste su condición de personas y se logre llegar a un acuerdo digno y humano. En el fondo quieren vivir en paz.

Espacios políticos en disputa

La historia del Michay es política desde sus comienzos cuando pertenecía a las Juventudes Comunistas hasta 1973, año en que  fue usurpado por los militares a raíz del golpe de Estado, desde allí fue usado como un campo de tiro para los jóvenes reclutados por el servicio militar. Sin embargo, son varios los vecinos que aseguran que durante la dictadura fue usado como un centro de detención y tortura. “Aún encontramos casquetes en la tierra al sembrar”, cuenta el comunicado emitido por la asamblea.

El año 1998 el terreno quedó finalmente abandonado y desde entonces existieron pequeñas tomas y recuperaciones territoriales siendo la más importante y definitiva la realizada el 26 de Julio del año 2015, donde se formó lo que hoy en día es el Michay.

“No llegó la gente por acuerdo, pero nos fuimos conociendo en el camino. Hay diversas personas, la mayoría son gente de trabajo, hay mucho obrero, artesano, artista, y gente común y corriente, mucha mujer sola con hijos, hay una cantidad increíble de niños, no hemos catastrado, pero deben ser unos veinte niños”, aclaran desde Antro Libros quienes forman parte activa de este proyecto comunitario.

Sin duda que el terreno es un espacio político en disputa, desde las manos de un partido político, pasando por las prácticas de tiro, la detención y la tortura hasta la construcción de un espacio comunitario capaz de plantearse como solución habitacional y práctica cotidiana de autonomía. Y es que la tierra y su apropiación siempre ha sido una de las principales causas de conflicto y politización de las personas, es allí donde surgen los verdaderos procesos de organización para la resistencia y solución de conflictos. Es ahí, en la tierra, donde resisten hasta la muerte indígenas, pobladores, mujeres, pobres e incluso niños.

“Hay un grupo organizado autónomamente que ha hecho trabajo de huerto, bio-construcción, metido en los temas de la permacultura, la autoeducación, ese grupo es el que se está moviendo en materia judicial, mediática y social. Tenemos asambleas diarias, la plaza se abrió como un espacio de información con diario mural, se hacen todas las reuniones ahí abiertamente con toda la gente”, nos cuentan desde el Antro.

Por su parte, es evidente que al Partido Comunista ya se le olvidó el comunismo por completo ¿En qué teoría marxista se podría encontrar alguna justificación para expulsar a gente pobre de su tierra en pos de un corrompido partido político? ¿Qué clase de reforma agraria es esta donde expulsamos a familias con niños y derribamos sus sencillas casas de madera? Sabemos que es absurdo pedirle consecuencia al PC, no somos ingenuos, pero es necesario recalcar que si las retroexcavadoras pasan por sobre aquellas humildes viviendas sería un hito que no se debería olvidar.

Siempre me he preguntado cuándo nace en la historia humana esa extraña creencia de que alguien o algunos tienen -o mejor dicho creen tener- la capacidad de adueñarse de un trozo de tierra como quien se guarda algo al bolsillo. El acaparamiento de la tierra es tan absurdo como brutal y, debido a ambas cualidades, es derechamente un acto de violencia hacia quienes son privados de tan vital derecho. La tierra es de quien la vive día a día. En este caso, y sobre todo en este caso, como planteaba Proudhon: la propiedad privada es un robo.

 

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